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¿QUIÉN PERDIÓ CUANDO PERDIMOS LA BRUJA MALA?

 

Ya era remota mi infancia, y estaba casi perdida en los vericuetos de mi memoria;  mi vida había pasado a los “asuntos de importancia” de la edad adulta,  cuando tropecé con el libro de Bruno Bettelheim[1] Sicoanálisis de los cuentos de hadas. El autor me explicó de manera magistral lo que para mí habían significado todos aquellos personajes cuya existencia me motivó a leer sin descaso hasta no estar segura de que los buenos (Hansel y Gretel, Blanca Nieves, La bella durmiente, La casita de chocolate… ) habían triunfado sobre la maldad de la omnipresente bruja mala.

Los cuentos de hadas llenaron muchas de mis noches infantiles. Prácticamente todas desde que aprendí a leer. La lucha entre el bien y el mal obligaba a mi joven corazón a tomar partido, a sufrir y a gozar. Pero, sin la presencia de la maldad, representada casi siempre por una bruja de nariz ganchuda, ojos nebulosos, enorme y puntudo sombrero negro – identificación de su profesión–, piel verde y apergaminada, y una infaltable risa siniestra (que, lógicamente, yo solo podía oír en mi cabeza), no habría habido campo fértil para la imaginación.

Con los ojos del alma veía castillos de altas torres y diminutas ventanas, a donde algún día acudiría un apuesto y gallardo príncipe a rescatar a la bella y virginal princesa que llevaba tiempo encerrada por culpa de la repulsiva bruja.

Las princesas de los cuentos de hadas siempre están al borde de la pubertad, que en aquella especie de eterna Edad Media era más tardía que ahora; quizá porque antes no había estímulos electrónicos de dudosa calidad a los cuales pueden acceder los niños actuales, todo lo cual deja muy poco campo para crear en la mente (léase: “imaginar”).

Los cuentos de hadas me enseñaron valores morales: la bondad de Blanca Nieves, el amor fraterno de Hansel y Gretel, la alegría de unos padres que esperan alborozados la llegada de su primer vástago (en La bella durmiente). Pinocho me enseñó que toda acción tiene consecuencias, y que un corazón generoso siempre es recompensado.

También me enseñaron el valor de las imágenes literarias y sicológicas que dan lecciones que perduran en el inconsciente: cuando en La bella durmiente, la princesa se pincha el dedo con el huso, estamos ante la imagen poética de la iniciación de la pubertad (aunque yo en ese momento no lo sabía).

Muchos años después, quise comprar de nuevo aquellos libros maravillosos con brujas voladoras, escobas mágicas, sortilegios y hechicerías para inhabilitar a la inocente víctima. Pero mis esfuerzos no se vieron recompensados fácilmente porque para entonces se consideraba perjudicial para las mentes infantiles hablar de brujas y encantamientos. Las librerías vendían libros insulsos, como La locomotora feliz o Pedrito el jardinerito y cosas del mismo corte. Lógicamente, ninguno de tales cuentos pasó la prueba del tiempo, por ser estultos y bobalicones en su esfuerzo por presentar al niño un mundo ideal donde “no hay malos”. Carecen de la magia que echa a volar la mente. No tienen la fuerza para transmitir el valor de la perseverancia, de la lucha por el bien, el amor eterno, la búsqueda de la justicia, etc.

También nos inundaron los cuentos de la Unión Soviética con cantos y loas a la clase obrera y al partido comunista, y con marcas de agua de la hoz y el martillo. Venían acompañados de fotografías de la versión socialista de los niños exploradores, pero sin el acicate de la curiosidad, y sin la inocente expresión de asombro de quien está en presencia de la magia. Excelentes traducciones al español, pero ahorcaban la imaginación. ¿Cómo imaginar a Cenicienta envuelta en el lábaro rojo del fanatismo?

Hace muy poco, sin embargo, encontré una versión de los más famosos cuentos de hadas, llena de ilustraciones y colores al estilo antiguo. La buena literatura nunca muere. Nuevamente vi las imágenes doradas del príncipe cuyo beso redime a Blanca Nieves. O de Cenicienta subida en la carroza de calabaza que le dio su hada madrina… En fin: me di un banquete para los ojos y para el espíritu.

Volvieron los cuentos de hadas a las librerías. No podía ser menos. Y con ellos, renació la esperanza de que retorne la gran aliada de los niños: LA BRUJA MALA.

[1] Bettelheim, Bruno: Sicoanálisis de los cuentos de hadas. Editorial Gandhi.

MINUCIAS

¿Sabías que la lengua castellana se habla en Fortín Sargento Cabral (Argentina) y en Villa La Estrella (Chile), ambas en la Antártica?

SABIDURÍA DE SANCHO PANZA

Más vale buena esperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga.

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