LA PUERTA EN EL MURO*

Hace muy poco llegó a mis manos un corto pero bellísimo escrito de una novelista afgana. Su nombre es Spôjmaï Zariab. El artículo está acompañado por la triste y desolada imagen de un árbol que lucha por arraigarse en el desierto. La autora se refiere a la torre de Babel y a la ira de Dios, a consecuencia de la cual los hombres fueron condenados a la diversidad lingüística, en castigo por haberse atrevido a escalar alturas reservadas solamente para la divinidad.

Desde ese momento, desarraigarse de una cultura o de un idioma en el que hemos crecido, y por el que hemos aprendido a ver el mundo, sobre todo cuando el desarraigo es forzado, es como arrancar un árbol para transplantarlo a otro hábitat. Es como pasar por un muro forrado en alambre de púas, en el que no hay puerta alguna que nos facilite la entrada. Es como oír una fiesta al otro lado del muro, pero con la pesadumbre de no sabernos invitados porque nuestro vestido es diferente. Es como traer un frailejón, habitante oriundo del páramo andino, y pretender que crezca en las arenas del Sahara.

La situación es aún más grave cuando el nuevo país no ve con buenos ojos la llegada de los “extranjeros”. Muchas culturas han terminado asfixiadas por el acoso al que se ven sometidas por la cultura dominante. Innumerables idiomas ven amenazada su existencia, la de su literatura, sus tradiciones y su folclor, ante el enorme peso que significa vivir donde no se respeta ni se comprende su bagaje cultural.

Ante esta situación, el traductor y el intérprete son como una puerta en el muro. Una puerta que se abre ante otra cultura, ante otro idioma, y que nos invita y nos permite pasar al otro lado. Tal vez ese Dios justiciero que quiso castigar a los hombres por su atrevimiento no contó con el truco que idearía la humanidad para volver por los fueros de la primigenia unidad perdida: la traducción. Al abrir un boquete en el muro, y construir en su lugar una puerta de entrada, cada traducción es una nueva conquista y una forma de resarcirnos del castigo divino. Sólo mediante este recurso podemos tender eslabones de comunicación entre culturas, e incluso entre tiempos históricos. Con una mirada antropológica y un poco de suerte, los dos lados del muro podrán tener un diálogo de respeto y valoración por lo que se pueda encontrar al franquear la puerta.

Si algún día ese Dios punitivo se apiada de nosotros, y decide levantarnos el castigo, creo que los traductores y los intérpretes podremos sentirnos felices de haber hecho lo que estuvo a nuestro alcance en medio de la precariedad de las herramientas humanas. ¡De eso no debe cabernos la menor duda!
 

*Publicado anteriormente en Intercambios, verano de 2010.
**Dibujo de propiedad de Mónica Bampa, publicado con su autorización.

MINUCIAS

¿Sabías que Miguel de Cervantes, conocido también como “El manco de Lepanto”, en realidad no era manco? Recibió tres disparos de arcabuz en la batalla de Lepanto (1571), uno de los cuales se le alojó en la mano izquierda, y se la dejó inhabilitada para siempre, pero nunca le fue amputada.  El remoquete de ‘manco’ le fue dado por sus enemigos, quienes habrían preferido que en verdad fuera manco.

SABIDURÍA DE SANCHO PANZA

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