ALEGRÍA DE LEER

Hoy me permito hablar con nostalgia. Nostalgia de los primeros días escolares que, al igual que en mi caso, están grabados indeleblemente en la mente y en el corazón de millones de colombianos. Tiempos aquellos en que nos sentábamos en filas de pupitres con tapa de madera. Guardábamos allí los útiles: libros, cuadernos, el lápiz, el borrador, el tajalápiz, la regla… y uno que otro caramelo que nos echábamos a la boca con la complicidad de la tapa abierta que nos escondía de la maestra. Era la pilatuna que nos permitía sobrevivir hasta la hora del ansiado recreo.
Días de inocencia en que empezábamos a asomarnos a la vida con el compás de las primeras letras. El viernes, día de izar la bandera, cantábamos el himno nacional con ese patriotismo ingenuo que los maestros instilaban en cada corazón infantil.
Un mundo desconocido se abría ante nuestros ojos; un mundo lleno de promesas, de conocimiento que apenas podíamos intuir. Bebíamos historias edificantes, con un espíritu amoroso y con clara intención educativa. Todo, gracias al libro rector, el libro ilustrado con dibujos sencillos de colores planos. En su portada, un grupo de niños llevaba ondeante el tricolor colombiano.
Ya lo habrán adivinado, amigos: el libro – o más bien la serie de libros– era Alegría de Leer. Aún hoy acaricio con fruición esas páginas de papel periódico que me enseñaron aquello por lo que quizá profeso mi mayor agradecimiento, y que dieron inicio a la mayor aventura de mi vida: la lectura.

Sus autores, el doctor Quintana Rentería, vallecaucano, estuvo en París en 1928 en el VII Congreso Internacional de la Infancia, y en 1938 fue delegado al Primer Congreso Americano de Amigos de la Infancia, de Buenos Aires. Su esposa y coautora, Susana de Quintana, era educadora graduada, y se había especializado en Chile. Esta coautoría dio nacimiento al libro más vendido en Colombia hasta la aparición de Cien Años de Soledad.
En mi biblioteca guardo el libro primero de la Alegría de Leer, con suma gratitud silenciosa pero cotidiana por la serie de libros que marcaron mi primera infancia, y me mostraron un mundo de letras que hasta el día de hoy no deja de asombrarme.
MINUCIAS
Un niño que lee será un adulto que piensa.
SABIDURÍA DE SANCHO PANZA
Si da el cántaro en la piedra, o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro.
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Gracias por recordarnos esos hermosos días de la infancia, donde aprendimos las primeras letras, tuvimos grandes maestros (los nunca olvidados) y a nuestros primeros grandes e inolvidables amigos.
Cierto: tuvimos grandes maestras.
¡Me encantó la lectura de este artículo sobre “La alegría de leer”!
Aparte del uso de “tajalápiz” (‘sacapuntas’), me dio mucha alegría conocer el siguiente término:
PILATUNA. f. Colombia. Travesura, acción propia de niños que, en busca de diversión, ocasiona molestia.
Bueno, esta es la manera en que la Real Academia Española en su “Diccionario de la lengua española” o DLE describe la “pilatuna”, pero tú, Yilda, siendo colombiana que, en la infancia, realizaba pilatunas, quizás las describirías de otra forma…
Gracias, Andre, por tu docto comentario, como siempre. Veo que la definición de la academia solo difiere del sentido en que yo la entiendo por aquello de que “causa molestia”. Por supuesto que a los adultos les causa molestia todo lo que se les escape de control, cuando de niños se trata.
Lindísimo el comentario que haces sobre ese libro, al que yo no tuve acceso pero que, a juzgar por ti, surtió efectos maravillosos e irreversibles en millones de lectores que aprendieron el valor de la lectura a través de sus páginas.
Gracias.
No sé con qué aprendiste, pero a lo mejor sientes la misma nostalgia que yo. Gracias por el comentario.
No sé si comento con añoranza o con envidia. Mis papás (de quienes sigo agradecido) me matricularon en el Colegio Bolívar de Cali, el colegio gringo de la ciudad en el cual desde culicagadito en kínder me enseñaron a leer con Dick and Jane y no con las cartillas que tú elogias en esta entrega de Herederos, Yilda. Hice toda mi carrera preuniversitaria en ese colegio y por supuesto que el inglés que aprendí ahí me ha servido toda la vida y me ha permitido vivir una vida más holgada que la hubiera vivido si no hablara inglés «como nativo de estas tierras». Solo cuando cursé el noveno o décimo grado fue que el Ministerio de Educación se puso la pilas y empezó a exigirles a esos colegios extranjeros a incluir el pénsum colombiano en su currículo; ya era tarde para usar la Alegría de leer. Me recibí de bachiller y de high school graduate. Por eso será que siento tanto añoranza como envidia. Gracias por hacerme reflexionar sobre esos años cada día más distantes.
¡Qué lindo comentario! ¡Y muy honesto! Por un lado ganaste, y por el otro perdiste. Nunca he sido muy amiga de la educación tan agringada, precisamente por lo que tú comentas. Algo se pierde de la identidad de la nacionalidad. Yo tuve la fortuna de aprender a leer con la bella Alegría de Leer, y lo hice en un momento muy temprano de mi vida, antes de entrar ala colegio. Eso me permitió leer de perfecto corrido desde el primer día escolar.
Se me quedó una pregunta en el tintero, Yilda. No sé de dónde saco la osadía para preguntarle a mi maestra porqué dice Cien Años de Soledad en lugar de Cien años de soledad. ¿Ha cambiado algo sin yo darme cuenta? No me sorprendería.
Ya lo revisé, y está bien escrito. Tiene las mayúsculas iniciales. Gracias de todas maneras por el comentario.
Ahora se nos ha convertido en un libro nostalgico. O más bien seremos nosotros los nostálgicos, inspirados por el libro del que bebimos tantos colombianos. Me place sobremanera que usted lo haya recordado, y que lo haya traído de nuevo a nuestro corazón en su tierno artículo. Muchas gracias.
Gracias infinitas a usted.
Gracias Yilda por éste lindo artículo y por la descripción tan agradable de esos bellos recuerdos.
Al contrario. Si te tocó otra cartilla, imagino que tendrás también muchos recuerdos.
Usted se permite la nostalgia. Yo me permito felicitarla por este artículo que pone de presente aspectos de la nacionalidad colombiana. Muchos fuimos los afortunados de tener infancia. Una infancia inocente y llena de juegos. Una infancia que nos permitía ser niños, con historias para niños, destinadas a conmover los tiernos corazones de los futuros adultos. La felicito por tener siempre ese espíritu que rescata lo nuestro, sin perder el derecho (y el deber) a la universalidad.
¡Hermoso mensaje, querida lectora! Me ha conmovido. Muchas gracias.
Me uno a tu nostalgia Yilda. Describes muy bien la emoción que te dió ése valioso libro “La Alegría de Leer.” También describes los pupitres de madera que me traen tantos recuerdos de infancia en los primeros años de colegio. Yo nunca tuve la oportunidad de aprender a leer en éste inolvidable libro pero aprendí en una cartilla que se llamaba “Michin.” Recuerdo también q las páginas eran de papel periódico y tenían dibujos sencillos que ilustraban esas primeras frases.
Recuerdo también la izada de bandera los viernes con nuestros uniformes de blazer que con tanta añoranza esperábamos pues con ilusión esperaba siempre la oportunidad de ganar una anhelada medalla.
Gracias por tan valioso artículo!
Qué bello y nostálgico mensaje. Yo recuerdo también la cartilla Charry, y la cartilla Michín. Todas ellas, de una forma o de otra, fueron herederas de la Alegría de Leer, que fue tan popular durante generaciones y generaciones. Yo no esperaba la izada de bandera los viernes porque casi siempre (si no es que siempre) estaba entre las castigadas del lunes siguiente. Y bien merecido que me lo temía, ya que no hubiera querido ser yo la profesora de una alumna tan inquieta e indisciplinada como yo. Gracias por este reminiscente mensaje.